lunes, 13 de mayo de 2013

Escritos de media noche.

Tengo varias voces en mi cabeza que opinan sin cesar desde puntos distintos de vista. Y luego estoy yo, en parte ajena, en parte sumergida, en todas esas voces.

Siento que me va a estallar la cabeza y que si no lo hace terminaré por rodearme de dinamita.

~

Cuanto más te niegas algo, más presente va a estar en tu vida.

Me niego, me niego y me niego pero no me doy cuenta de que camino hacia ello. Supongo que un alma, en el fondo soñadora, no deja de caer en sus propias trampas.

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Cuando caes mientras aún estás levantándote piensas "¿Cómo sería la caída si hubiera conseguido alzarme más?".

Entonces, después de pensar eso, adoptas un acto reflejo: tirarte cuando estás ascendiendo demasiado o cuando la brisa te tambalea.

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Si tienes un sueño o un propósito puedes sufrir, de hecho debes sufrir en la lucha por conseguirlo. Pero si no lo tienes serás un completo desgraciado.

"Como en un libro abierto leo de tus pupilas en el fondo;
¿a qué fingir el labio risas que se desmienten con los ojos?"

lunes, 6 de mayo de 2013

Paseando por esas calles tan altas.

"En busca de respuestas subí a mi azotea. El mundo me esperaba con tantos matices nuevos por descubrir... Y con otros ya conocidos, pero sin haberlos contemplado con otros ojos.

Sentí el viento, lo notaba sobre mi piel pero por momentos me iba sintiendo fuera de mi cuerpo. Notaba el aire y el frío, los pies cansados, la boca seca y mis ojos humedeciéndose ante el mundo que me rodeaba.

El "yo" que conocía dejaba de tener forma. Dejaba de tener cara, piernas, brazos...

"Yo" ahora era mi mente, mi corazón.

Di un paso hacia delante. Dos. Tres. Cuatro. Me acerqué hasta la barandilla. Olía el óxido. Nadie salvo yo paseaba por estas calles tan altas.

Abrí los ojos. Ya los tenía abiertos, pero abrí los ojos aún más. Una ligera y enorme realidad me golpeó. Nunca había tenido mi mente tan abierta, tan receptiva y predispuesta a captar sensaciones. A captar el mundo. A captarlo todo y a no captar nada en absoluto.

A un lado tenía el sol, ya escondiéndose entre las nubes para desaparecer en el horizonte. Al otro lado, la luna, intentando brillar cada vez un poco más.

Mientras tanto, la gente seguía con sus costumbres, quizá con sus automatismos. Con su vida.

Mientras tanto, la gente seguía ajena al mundo y éste, no les prestaba ninguna atención.

Mientras tanto, yo lo percibía todo.

Me sentía totalmente sobrecogida. Quería ver más y cuanto más veía más miedo tenía.

~

En frente de mí las nubes despedían al sol tornándose doradas. Quería ir con ellas a despedirlo. Una barandilla que desprendía olor a óxido no me dejaba.

Frustrada, me di la vuelta, esperando encontrar la soledad de un cielo vacío, aún apacible, y topándome con la luna.

La luna. Ya me había olvidado casi hasta de su existencia.

El corazón me dio un vuelco. La luna permanecía ahí, dándolo todo de sí. Intentando acompañarme. Me pareció injusto. Yo no la recordaba y ella me esperaba.

Cuando el sol nos da su luz y nos presta su calor el resto de luces son despreciables, insignificantes. Quedan eclipsadas por él.

Es entonces, al desaparecer el sol y desvanecerse su luz y su calor, cuando la luna intenta mostrar su poder. Día tras día, la noche vuelve. Nos quita el sol y nos da la luna.

Podré dormirme cada noche entre llantos. Llantos provocados por la oscuridad abismal de la soledad y la melancolía. También podré dormirme entre los brazos de la luna, que está ahí de manera incondicional, desapareciendo tan solo escasas noches para encontrar su propia paz.

Podré dormirme con las mejillas empapadas y con la ayuda de la luna; tan solo para, al despertar, ir corriendo hacia el sol a saludar.

La luna permanece. No la observo, no la aprecio. Quizá ni sea consciente de su existencia. No hasta que vuelva a caer la noche.

Cuando el sol está sobre mí, eclipsa la luna. No se puede evitar.

El ciclo se repite. Yo perdono al sol y la luna me perdona a mí.

El sol está hecho para mí, no somos constantes. Por esto exactamente necesito a la luna; a la noche.

~

Vuelvo a mirar el mundo. Vuelvo a abrir los ojos.

El sol no está. Las nubes son negras. Algunos pedazos de cielo sangran. El viento me hace tiritar. La luna gana poder en el cielo, que a cada minuto que pasa se parece más a un insondable vacío. La ciudad enciende luces artificiales destruyendo cualquier posibilidad de ver brillar el ejército de la luna: las estrellas.

Pese a todo, ésta me sigue permitiendo gozar de su compañía. No abandona.

Pese a todo, pretende darme la misma luz y el mismo calor que me daba el sol, tan lejano ya...

La luna está casi al alcance de mi mano. El cielo cada vez está más oscuro y yo estoy más alto.

Subo por encima de las tejas, corro hacia la luna.


La anhelo como nunca antes, al menos en este día.

Paro en seco.

La contemplo y sé que ella me mira al mismo tiempo.

Siento la Tierra a mis pies. Sus paisajes y sus habitantes, sus costumbres, su pasado, sus ilusiones, sus miedos, sus pecados. Sus grandezas y sus estupideces.

Siento el cielo sobre mí. Vigilante, a la espera de que dé un paso más para seguir su curso.

Me siento una pieza más del universo y, a la vez, una pieza importante.

Las falsas luces de mi ciudad frustran los últimos rastros del sol y apagan las primeras estrellas.

¡Maldita sea!

Una avalancha de pensamientos se derrumba en mi cabeza. Y uno destaca entre todos:
"¡Cuántas cosas sobran en mi vida!"

Exhausta, después de ver y descubrir tantas cosas, después de haberme estremecido tanto ante el mundo y ante mí... decido que es hora de marcharme, de regresar a casa.

Además, temo por la pérdida de cada palabra que he soltado en la azotea al viento. Y ya lamento la pérdida de todos aquellos pensamientos que perecieron en la avalancha.